La vida sin nosotros: reflexiones al final del confinamiento

Escribo justo al final del confinamiento restrictivo en España. Mi primer paseo por el campo, el dos de mayo de 2020, ha sido una liberación después de cuarenta y ocho días dentro de casa.

Quien lea este post dentro de unos años, quizás no guarde la memoria del poderoso virus que tuvo a buena parte de la humanidad recluida en sus casas. O quizás ese primer recuerdo haya quedado solapado por nuevos brotes… esperemos que no.

Afortunadamente, no tengo ninguna pérdida personal que lamentar. La enfermedad, caprichosa, ni siquiera nos ha rozado. Simplemente ha dejado sueños viajeros en pausa y muchos deseos de que todo pase, minucias al fin y al cabo.

Días de confinamiento humano: ¿qué ha pasado en la naturaleza?

Han sido muchas las vidas segadas por el coronavirus. Muchas familias se han visto en circunstancias nuevas y muy dolorosas. No por ser un gran número de casos duele menos.

Y es que, acostumbrados como estamos a que nada parecido pase en nuestro primer mundo, el virus nos pilló de sorpresa. Las noticias sobre su escalada mundial, algo contradictorias, tampoco ayudaron mucho.

Así que, de pronto, estaba aquí. Toda Europa se convirtió en un polvorín: noticias ciertas, noticias falsas, política, confinamiento… Nos vimos haciendo cola en los supermercados, en calles con gente sin rostro por las mascarillas más o menos improvisadas. Y  muchos viajeros atrapados en lugares remotos o en los aeropuertos.

La enfermedad de los viajeros, la llamaron al principio en algunos medios. 

Qué ironía. Una enfermedad al parecer provocada por la mutación vírica en animales salvajes vendidos en mercados asiáticos. Animales atrapados en pequeñas jaulas, mantenidos en pésimas condiciones hasta su venta. Y todo para un consumo humano regido aún por antiguas tradiciones, que pasaron sin ningún pudor de las pequeñas poblaciones de pocos habitantes a las grandes ciudades con millones de personas.

Una venganza de la naturaleza, se podría pensar. 

Algo así como el preludio de lo que ocurría en la antigua serie documental La vida sin nosotros. Una serie que trataba de un futuro distópico sin humanos, en el que todas las construcciones creadas por el hombre eran invadidas y destruidas por la vegetación, los animales y la erosión.

en algunos aspectos, casi ha sido así.

Todos los días teníamos pruebas gráficas de animales paseando por las ciudades. Jabalís, ciervos, pavos reales… andando tranquilamente por calles sin tráfico. Y algunos ejemplos impactantes como los grupos de monos tomando las calles de Lopburi, en Tailandia; o la gran eclosión de las pequeñas tortugas marinas carey en las playas desiertas de la costa Paulista, en Brasil.

final confinamiento
Imagen de La Nación
antes del final del confinamiento
Imagen de Ascom de Paulista

Y la contaminación ha bajado. Una bajada que la sitúa en cifras no conocidas en muchas décadas.

En Europa, las mayores ciudades habían reducido prácticamente a la mitad sus niveles de polución, en sólo un mes.

Gráfico de Neus Palou, La Vanguardia

Y eso por no hablar del resto del mundo. En las grandes ciudades chinas, por poner un ejemplo, la reducción de emisión de CO2 fue de un 25%. O, como en la India, donde las cumbres nevadas del Himalaya se vieron por primera vez en treinta años en la ciudad de Jalandhar.

antes del final del confinamiento
Foto de redes sociales

La naturaleza no nos ha echado de menos. La vida sin nosotros le ha beneficiado.

Y al final del confinamiento: el primer paseo

Vivo en un pequeño pueblo. Aquí no hace falta confinamiento para que no haya contaminación. 

Me fui a la ciudad al empezar mi vida laboral y volví a los pocos años, cansada de coches, ruidos y estrecheces.

Mi casa, con un gran jardín, como suele ser normal en los pueblos, me ha ayudado a pasar el confinamiento en mejor situación que muchas otras personas, de eso soy consciente.

Pero estaba deseando llegar al final del confinamiento de reclusión estricta, y al menos poder pasear al aire libre.

En los alrededores de mi pueblo no hay bosques, ni ríos, ni montañas, ni playas. Es una zona completamente agrícola, naturaleza doblegada, suelo que rinde a base de abonos. Quedan pequeñas manchas de dehesas, antiguos paraísos.

final del confinamiento

Pero la vida sin nosotros se hace palpable en este final del confinamiento. Los campos baldíos, antes arados para no dejar crecer la mala hierba, se dejan querer por una invasión de margaritas y amapolas.

Y como en un cuadro de Monet, el campo manchado de rojo, amarillo y lila, le hace muecas a olivos, trigales y girasoles.

final del confinamiento versión monet

Hacía mucho que no veía tal profusión de malas hierbas. Me sentía como en un gran jardín que siguiera la moda del paisajismo salvaje. 

Apenas quedan a la vista mis caminos de siempre. Las margaritas, en algunos lugares de más de metro medio y de gran espesor, son las reinas.

paseo al final del confinamiento

Las flores forman por sí mismas bellas composiciones, que en mi egocentrismo percibo como un regalo para mí. Ya ves, como si no hubieran estado allí este tiempo. Y quizás sea precisamente ahora, al final del confinamiento, cuando los tractores, los trabajadores de las fincas, los paseantes y los deportistas empecemos a andar estos caminos, y vayamos haciendo desaparecer esta exuberancia.

Foeniculum vulgare, más conocido como hinojo, entre margaritas
Hieracium pilosella, mucho más que una margarita amarilla
Los suaves cepillitos, lamarckia aúrea, al borde del camino
final del confinamiento en la naturaleza
Convolvulus, campanillas moradas, en composición floral con margaritas

Del final del confinamiento al principio de la libertad

De este principio del final del confinamiento a la libertad. Los que somos viajeros no dejamos de mirar eso de las complicadas fases de desescalada: ¿cuándo podré cambiar de provincia? ¿cuándo abren los parques y los museos?

Los planes de viaje, menos ambiciosos  pero por fin tangibles, casi reales, vuelven a tomar forma.

libros para el final del confinamiento

Dicen que todo esto va a llevar a un cambio de mentalidad. Que nos va a hacer mejores. Yo no soy pesimista, pero no sé, la memoria humana es corta.

A los viajeros, quizás sí que nos pueda servir para reflexionar sobre otras formas de viaje. Unos viajes más sostenibles, menos masificados, más naturales al fin y al cabo. 

Y, mientras tanto, después de un paseo que me ha hecho reflexionar largamente, me paro ante un campo de trigo. Ni una amapola, ni una margarita que lo invada. El trigo únicamente. Y vuelvo a preguntarme: ¿de verdad habrá un cambio?

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2 comentarios en “La vida sin nosotros: reflexiones al final del confinamiento”

  1. Interesante reflexión, han pasado unos meses pero la incertidumbre sigue. Como me resisto a no viajar, he aprovechado para hacer «algo más que un viaje» que tenía pendiente, el Camino de Santiago y tantas horas de andar en solitario en la naturaleza han sido un soplo de aire fresco para la mente. Saludos viajeros.

    1. Gracias Raúl. ¡Qué afortunado has sido al poder hacer el Camino de Santiago este verano! Después de los meses pasados, nada como la libertad de levantarse cada mañana, coger la mochila y echar a andar. Esa sensación de libertad absoluta es paz para el espíritu.

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